Crónica Viajera: Redescubriendo Humberstone

Crónica Viajera: Redescubriendo Humberstone

Crónica Viajera: Redescubriendo Humberstone

Textos y fotos: Rodrigo Villena

Abro mis ojos y recuerdo que hoy es el cumpleaños de Daniel Villena, mi padre. El día pasó con un sol que te hace sudar entero, típico en este segundo mes del año. Espero a Daniel para preparar nuestro viaje a la Pampa nortina y preparar su memoria hacia un recorrido cálido de sus recuerdos que no los presenciaba hace ya treinta años. Los planes se concretaron y una mañana tibia nos subimos a un avión en Santiago, en un viaje con ciertas complicaciones, ya que mi padre sufre de vértigo lo que provocó que el rumbo a Iquique no fuera de los mejores.

Al llegar, Daniel fabricó un minuto de sensaciones, permitiéndole saber que su memoria se agitaría. A la salida del aeropuerto nos esperaba un señor que llevaba nuestros nombres en una pizarra, enviado por el hotel donde nos alojaríamos. Llegamos al hotel, registrándonos y saludando a su dueña quién nos llevó a nuestra habitación. Daniel trató de descansar, pero su ansiedad de recuerdos lo animó a dedicarse durante la tarde a andar, mientras yo, silenciosamente lo observaba, grabando en mi mente cada imagen que él me relataba. Recordó su vida en aquel puerto donde vivió en los años 50 y 60 en plena adolescencia y juventud, reviviendo sus antiguas barrios de arquitectura inglesa que aún existen y los cuales lo remontaron a sus calles, plazas y avenidas. Hoy, aquellos lugares son reemplazados por modernos edificios y lujosos hoteles, una muestra del avance económico-turístico de sus últimos años como “Puerto Libre“ concentrando su auge en el comercio.

Fotografías de Rodrigo Villena Fotografías de Rodrigo Villena

A los pocos días, decidimos definir aquella idea que se mantenía latente en la mente de Daniel: arrendar un auto e internarnos en los hechos de un diario vivir de la abandonada Oficina Salitrera Humberstone; ubicada a 50 Kilómetros al Este de Iquique, lugar donde vivió como obrero salitrero Santiago Villena, mi abuelo, y así experimentar a ciencia cierta, la sobrevivencia que mantiene hoy Humberstone. Mientras íbamos por la carretera, m iraba de reojo a Daniel. Observé un rostro pausado y a la vez, deseoso de volver a reencontrarse con los pasos estampados en el marchito y seco camino que el viento aún no borra. El trayecto duró alrededor de 40 a 50 minutos y cuando nos encontramos en l as afueras de este pueblo fantasma, nos percatamos que existía una barrera que no nos dejaba ingresar con nuestro automóvil, debiendo estacionarnos en el camino. Para Daniel su reacción fue nostálgica al comenzar este mágico y característico recorrido. Se impresionó al ver que aún se conservan algunas casas típicas de la época, lo cual lo llevó a reunirse con un mundo abandonado y abatido por los silenciosos recuerdos que aún golpean en su memoria. Elaboró paso a paso su propia biografía, la cual se iba escribiendo con la euforia de un pueblo salitrero que tuvo su auge con la llamada Fiebre del Oro Blanco, donde el obrero pasó a ser parte de una actividad social en defensa de su trabajo y familia. Pese a mi desinterés, ya que históricamente no sabía nada de Humberstone ni tampoco tenía mucho conocimiento del pasado de Daniel, sus pasos tuvieron eco en los míos y pasé a ser parte de un cuento que esperaba hace mucho tiempo ser relatado.

Fotografías de Rodrigo Villena Fotografías de Rodrigo Villena

Empezamos a caminar juntos pero siempre con distancia, demostrando que yo en ese lugar aún no era parte de él, que su existencia era individual y aislada. Su primera parada fue la iglesia, hoy restaurada. En aquel momento, el silencio se hizo inmenso y sincero, demostrándome que soy yo, su gran amigo del alma. Desde ahí pasé a ser el coautor de sus añoranzas al no entender lo desolado de un pueblo que alguna vez contó con su plaza, teatro y escuela pública. Si uno se detiene a mirar, sólo tiene vida el viento que mueve las latas de los techos oxidados y corroídos, provocando que la imaginación sea parte de este camino.

Al continuar nuestro camino nos encontramos con una casona que estaba construida por entradas arqueadas, separadas por gruesos pilares de concreto y en su interior existían oscuros pasillos divididos por habitaciones que daban la apariencia de ser en esos años la maternidad de Humberstone. Una vez en su interior, la memoria de Daniel recopiló aquellos instantes donde las mujeres del pueblo parían a sus hijos, (su madre fue una de ellas), sentándose a escuchar los gritos ocultos en sus paredes.

Aún permanecen los letreros en las calles, aunque hoy con sus nombres borrados y oxidados por el paso de los años. La estructura social mostraba arquitectura. Existían las viviendas de los obreros solteros, constituidas por una pieza (un metro y medio ancho por dos metros de largo) con una rudimentaria cama y un velador. Ellos, después de trabajar duramente toda la semana, llegaban al hotel donde bebían hasta quedar borrachos.

La vida social en las Oficinas Salitreras en relación al hombre y a la mujer era restringida, ya que los hombres compartían solos, casi sin la participación de la mujer. Esto provocaba que más de una familia contara en su hogar con una vitrola, donde podía escucharse música peruana y mexicana. Recuerdo que en una ocasión mi padre escuchaba un partido de fútbol, conectó un parlante a la calle y al poco rato había no menos de 40 personas escuchando de pie las alternativas del partido. No existía más que una escuela pública y aquellos padres que querían prolongar los estudios de sus hijos, debían enviarlos a Iquique o Antofagasta.

Aún se aprecian las bodegas con sus maquinarias, sus carros donde se transportaba el Salitre. Es como si de repente empezaran a moverse y la historia volviera a empezar. Observo los galpones cargados de vigas de pino oregón canadiense (materia prima que se usaba en esos tiempos para construir), los que seguramente fueron el soporte de muchas construcciones ya desaparecidas. Aún sobreviven las llamadas pulperías, especies de mercado donde los obreros cambiaban sus fichas de pago por mercadería. En un sector alejado de la Oficina Humberstone, había una elegante hostería conocida como el Rancho, que existía en todas las Salitreras. Se trataba del lugar de llegada para los administrativos de importancia, o extranjeros que estaban de paso. En el Rancho se llevaban a cabo eventos de importancia, donde asistían médicos, jueces, curas, entre otros.

Difícil resulta explicar como el hombre logró adaptarse a un pedazo de mi querido Desierto, compañero en todo momento. ¿Cómo en estas Oficinas salitreras llegaron familias y se construyeron nuevas vidas?. ¿Cómo fue posible la construcción de drenajes, alumbrado público y como se fue adaptando la naturaleza al hombre y éste a ella?. ¿Cómo aún s e aferran los árboles al Desierto negándose a morir, para que todo este paraje sea sólo soledad y silencio?. Sé que muchas Oficinas Salitreras después de su quiebra, fueron desmanteladas y hoy ya no existen. Afortunadamente Humberstone no es de una de ellas y se resiste a morir.

Si tienes la oportunidad de pisar este suelo, trata de sentir la vida que allí se gestó, de la gente que nació y sufrió las injusticias sociales pero que a pesar de estas vicisitudes igual sonrió. Trata de ver a través de estas fotos el testimonio de cómo fueron los hechos de aquella época.

Una vez al año los pampinos con sus familias dan vida a Humberstone, con luces, música y bailes. Y con gran espíritu y orgullo dicen que no olvidarán, no pierden la esperanza de que algún día volverán aquellos tiempos del llamado Oro blanco y así poder volver a casa.

Fotografías de Rodrigo Villena