Las ciudades fantasmas de la Pampa Salitrera (1ª Parte)

Las ciudades fantasmas de la Pampa Salitrera (1ª Parte)

Las ciudades fantasmas de la pampa salitrera

(Primera Parte)

Texto y Fotos: Ismael Espinoza **

** Este artículo fue publicado originalmente en la Revista EN VIAJE, Nº 455. Santiago de Chile, octubre de 1971.

Yendo en avión a Iquique y mirando atentamente por la ventanilla a partir de la región desértica del Norte Grande, se pueden distinguir claramente, de mar a cordillera, cuatro zonas más o menos paralelas y bien delimitadas: la Cordillera de la Costa, la pampa, los contrafuertes de la Cordillera de los Andes, y a lo lejos, los altos cerros de esta última, limitando con Argentina y Bolivia.

Ninguna de estas cuatro zonas fue ajena a la actividad febril que se desarrolló en torno al salitre en casi todo el siglo pasado y primeros años del presente.

La Cordillera de la Costa, que se alza abruptamente al borde mismo del mar formando enormes acantilados y murallones de mil o más metros de altura, casi inaccesibles por el océano, deja, sin embargo, de trecho en trecho, caletas y playas no muy extensas, que sirvieron de puertos de embarque para la industria salitrera.

Algunos de estos puertos como Iquique, Antofagasta y Taltal, han sobrevivido a la crisis, variando sus actividades mediante la creación de nuevas fuentes de riquezas. Otros, como Paposo, Junín, Caleta Buena, Puerto Inglés y Pisagua, murieron o agonizan.

La Cordillera, casi cortada a pico por el lado del mar, va descendiendo suavemente hacia el interior, formando extensas planicies o pampas, muchas de las cuales constituyen grandes salares.

La segunda zona es esta pampa árida y rojiza, interminable de norte a sur, y de unos 40 a 80 kilómetros de ancho. Está encajonada entre ambas cordilleras y podríamos decir que es como la continuación hacia el norte del Valle Longitudinal interrumpido en el Norte Chico por los Valles Transversales.

Esta larga faja arenosa puede dividirse en dos secciones: desde Vallenar hacia el norte se va haciendo cada vez más seca y desolada, hasta parecer completamente desprovista de vida: es el Desierto de Atacama, uno de los más áridos e impresionantes del mundo. Al llegar al río Loa, después de casi 1.000 kilómetros de aridez, el desierto reverdece: es la Pampa del Tamarugal, que se extiende por otros 250 kilómetros hasta la altura de Pisagua.

Pues bien, dentro de esta enorme planicie se extiende la pampa salitrera como una franja casi continuada desde la Quebrada de Carrizal, a la altura de Taltal, hasta la Quebrada de Tana, en Pisagua.

Esta franja tiene, pues, casi 800 kilómetros de largo, con una anchura media de 10 a 20 kilómetros. Estas medidas son arbitrarias, pues los yacimientos se interrumpen muchas veces y la franja zigzaguea internándose aquí y allá en la pampa, como formando ensenadas y golfos en este vasto océano de arena rojiza.

El ferrocarril longitudinal y la Carretera Panamericana siguen de cerca la línea gruesa de la faja salitrera, porque allí surgieron los poblados que dieron vida al desierto. La tercera zona de que hablábamos, formada por los contrafuertes de la Cordillera de los Andes, también está casi desprovista de vegetación, pero es atravesada por quebradas que dieron origen a verdes oasis de los que se extraía parte de la leña, de los víveres y del forraje necesarios para la explotación del salitre.

Finalmente, la cuarta zona es alta Cordillera, con grandes altiplanicies de más de 4.000 metros de altura y elevados picachos y volcanes, muchos de los cuales proveyeron el azufre para fabricar la pólvora con la que se desprendían las duras capas de caliche. En los picachos nevados, además, tienen origen las napas de aguas subterráneas que se aprovecharon para el procesamiento del nitrato.

Como vemos, todas las zonas nortinas dieron su contribución para hacer posible la explotación del oro blanco del siglo pasado.

Sin embargo, es tan tenaz el desierto, es tan fuerte allí la naturaleza, que la mano del hombre nada pudo contra el duro paisaje. Y es el mismo horizonte grandioso y rojizo que envolvió a los primeros conquistadores, a los pioneros del desierto, a los ejércitos que allí combatieron, y al viajero de hoy.

Explotaciones salitreras del siglo pasado

Las más antiguas explotaciones industriales del salitre se implantaron en la parte más nortina de la región, esto es, en las pampas de Zapiga, Negreiros y Pampa Negra, entre las caletas de Ique-que (hoy Iquique) y Pisagua.

Desde 1810 a 1812, siete u ocho minúsculas instalaciones elaboraban allí salitre, adaptando los antiguos fondos coloniales para beneficiar la plata. En ese tiempo el nitrato no tenía uso en la agricultura, sino como elemento para fabricar la pólvora que se elaboraba en Lima.

Posteriormente se van descubriendo nuevos yacimientos más al sur, pero siempre en la misma provincia peruana de Tarapacá.

Entre 1830 y 1950 se exportaron grandes cantidades de salitre a Europa, pero sólo para las fábricas de explosivos. Es desde 1850 en adelante que esta sal blancuzca adquirió importancia como fertilizante, compitiendo con el guano que también se extraía de las islas guaníferas del litoral peruano.

Entre 1850 y 1860 ya hay unos 100 pequeños planteles elaboradores en la pampa, compuestos de un par de fogones o paradas para la lixiviación del caliche. Algunos de estos crecieron con la introducción de las chancadoras a vapor para moler el mineral, llegando a convertirse en las grandes oficinas salitreras de las últimas décadas del siglo pasado y comienzos del presente, como Hanza, La Chilena, Carolina, etc.

Entre los yacimientos más ricos e importantes descubiertos en aquella época cerca de Iquique, está la zona de La Noria, junto al Salar de Pintados. Allí se alzaron las principales oficinas de la región, tales como Sebastopol, La Limeña, La Argentina, Gentilar, El Morro, Yungay Alto y Bajo, Santa Laura, San José, Andorra, Santa Rosita, Salar, China, Sacramento, La Peruana, San Vicente, San Carlos, La Cholita, San Pedro, Solferino, San Antonio, Matillana, Magdalena, etc.

En la década de 1850 se descubren numerosos otros yacimientos pocos kilómetros al sur, junto al Salar de Bellavista, dando origen a las famosas oficinas de Bellavista, Alianza y Victoria.

En los diez años siguientes comienza la explotación de los yacimientos del desierto de Atacama, que originaron la riqueza salitrera de la provincia boliviana de Antofagasta. Los ricos mantos del Salar del Carmen habían sido descubiertos en 1857 por los hermanos Domingo y Máximo Latrille, quienes no pudieron explotarlos por falta de medios técnicos adecuados a las características del mineral, y por las dificultades surgidas al tratar de obtener las correspondientes concesiones del Gobierno boliviano.

Fue Don José Santos Ossa quien en 1866 redescubre los yacimientos, obteniendo las concesiones del Gobierno del General Melgarejo tras dos años de gestiones.

En octubre de 1868 se funda oficialmente el puerto de Antofagasta. Entretanto, la actividad salitrera de Tarapacá seguía en expansión, fundándose el primer ferrocarril salitrero entre Iquique y la zona de La Noria, en julio de 1871.

En el mismo año comienzan las actividades mineras en la parte más sureña de la región salitrera de Tarapacá, al sur del Salar de Bellavista, en Lagunas, así llamada por los espejismos que allí se observan. En esa zona se alzó la oficina Esperanza.

Alrededor de 1872 se descubren numerosos otros yacimientos en el límite norte de la provincia de Antofagasta, cerca del límite con el Perú, cuando ya el furor salitrero era imposible de detener: eran los mantos de la zona frente a Tocopilla, que originaron las oficinas de Lealtad, Puntilla, Porvenir, Diana, Peregrina, California, Santa Ana, etc. Cincuenta años más tarde se elevarían muy cerca de allí, en las inmediaciones de la Pampa Miraje, las grandes oficinas que todavía subsisten: María Elena y Pedro de Valdivia.

Finalmente, a partir de 1872, se inician los descubrimientos en la única región salitrera chilena de la época: Aguas Blancas y Taltal, zona que marca el límite sur de la pampa salitrera. Estos yacimientos dieron origen, entre otras, a las oficinas Luisa, Florencia, Central, Porvenir, Lautaro, Atacama y Catalina. Años después se levantaron, casi frente a Taltal, las grandes instalaciones de las oficinas Alemania y Chile.

Oficina de Reparaciones

Hace sólo 35 años

El salitre es paradojal en muchos aspectos. Viene de una de las regiones más inhóspitas del mundo, y hace brotar la vida en las plantaciones agrícolas.

También es paradojal porque por muchos años trajo riqueza, gloria y fama a nuestro país y a unos pocos, y vergüenza por la forma inhumana en que se explotaba al trabajador pampino.

En 1935, hace sólo 35 años, el periodismo don Alejandro Lopetegui, después de residir un año en la pampa, denunció la verdadera esclavitud en que vivían los obreros; los abismos de clase que allí existían; la ausencia absoluta de posibilidades de instrucción secundaria y capacitación técnica; la miseria de los salarios pagados y la dureza de las condiciones de faenas casi sin cambios desde el siglo pasado; la escasez y racionamiento de alimentos en las pulperías, donde se entregaban raciones para seis días de la semana, como si el domingo, en que no se trabajaba, tampoco se comiera; la forma de vender a plazo las bebidas, alimentos y enseres, de modo que muchas veces el obrero llegaba a fin de mes con su salario “topado” o con uno o dos pesos de remanente; las casas y campamentos misérrimos, todavía sin agua ni luz eléctrica; la censura que se ejercía sobre los diarios y revistas contrarios a los intereses empresariales y la absoluta imposibilidad de criticar sin ser despedido y arrojado en medio de la pampa con lo puesto.

De las 250 oficinas salitreras que antiguamente funcionaron, hoy prosiguen, especialmente por razones de mercado, sólo cuatro. Ellas son: Victoria en la Provincia de Tarapacá; Pedro de Valdivia y María Elena casi frente a Tocopilla, y Alemania, cerca de Taltal.

Las condiciones de vida han cambiado fundamentalmente, pues las organizaciones sindicales se han fortalecido y, afortunadamente, mucho ha evolucionado la humanidad en los decenios.

Sin embargo, todavía y tal vez siempre la vida allí será durísima porque casi nada ha podido el hombre contra la sequedad del desierto salitrero.